Agustín Marrero: “Soy el hombre más rico de todo San Mateo”

Agustín, en su tienda, días antes de jubilarse

A la pregunta de cómo está, no duda en responder: “¿Cómo voy a estar?  Estupendamente. Ahora es cuando mejor estoy”. Hace tres meses que se jubiló. Tres meses que cerró las puertas de su tienda en el barrio de Aríñez. Ahora Agustín Marrero ha tenido que aprender a adaptarse a esta nueva etapa de su vida. “Yo estoy muy bien ahora, pero es verdad que echo de menos a la gente, porque ya no eran clientes ni amigos, eran como mi propia familia, y también echo de menos el trabajo. Al principio hubo un par de días que me levanté de madrugada con la intención de ir al Merca, y luego me acordaba de que no, que no tenía que ir a ningún lado”, cuenta.

Agustín nació en Aríñez, de donde eran también sus padres. Es el menor de nueve hermanos: “Yo vine por equivocación o por pena”,dice con simpatía a la vez que recuerda que entre el nacimiento de su hermana mayor y el suyo pasaron diecinueve años. “Yo siempre se lo decía a mi padre, que mis primeros hermanos nacieron cuando no había televisión, pero yo ser el nueve… eso tuvo que ser una equivocación”, repite mientras se ríe.

Su primer trabajo

El primer trabajo de Agustín fue en la tienda de sus padres, también en Aríñez. Cuenta que aún era un niño cuando iba hasta San Isidro a buscar el gofio, el rollón, el petróleo para las luces… se lo cargaba todo al hombro y volvía al barrio. Caminando, claro. “Cuando llegaba a la tienda ayudaba a mis padres a despachar. A mí me encantaba coger la pala del gofio para llenar las bolsas de los clientes”, rememora. Mientras echa la vista atrás recuerda que en aquella época los dátiles venían en cajas demadera, que los caramelos de nata, “los que traían la vaca dibujada en el envoltorio”, valían dos perras y que la gente iba a la tienda a comprar Cubanitos amarillos “porque traían dentro un papel y podías ganarte un premio, igual que con el Chocolate Valor”.

Cuando cumplió 18 años Agustín dejó la tienda familiar para irse a la capital a trabajar en la construcción. Por entonces ya conocía a Teresa, también vecina de Aríñez, la mujer que unos años después se convertiría en su esposa. Trabajando en la obra estuvo hasta los 26, cuando se hizo repartidor autónomo. De su vida laboral recuerda también su paso por el Mercadillo de Santa Brígida. “Yo estaba un día echando gasolina en la gasolinera de Raimundo y allí me encontré a Manuel Galindo. Vino a donde yo estaba y me preguntó que a qué me estaba dedicando y me invitó a ir al Mercadillo. Lo acababan de abrir y no tenían gente”. Y para allá que se fue. Allí vendía queso, papas, chorizo morcilla, naranjas, jaramagos, tunos… “Tengo muy buenos recuerdos también de esa época”, asegura.

 

La jubilación

Ya en su última etapa laboral, concretamente hace ocho años, Agustín decidió abrir “Víveres Aríñez”, donde ha trabajado hasta hace apenas unos meses. “Ahora, dos casas más arriba abrió una tienda una vecina que se llama Vanesa.  Le dije que si quería usar el nombre de “Víveres Aríñez”, y se lo ha puesto, cuenta orgulloso.  El año pasado, cuando se acercaba el momento, Agustín no tenía claro eso de jubilarse. “Yo quería trabajar un año más, pero mis hijos me decían que no, que ya era momento de descansar”.

Accedió, y desde el día en que fue a arreglar la jubilación, el 28 de diciembre, comenzó a acumular anécdotas de esta nueva etapa de su vida. “Era el Día de los Inocentes y yo pensaba para mis adentros, ¿esto será una broma?, pero no, no era una broma, la paga llegó al mes siguiente”, cuenta riéndose. “Hace un par de semanas me encontré a un amigo y me preguntó que cómo andaba. Le dije que muy bien porque me acababa de jubilar, y me dijo -entonces ya no te llamas Agustín, ahora te llamas “Vete”, por aquello de “vete aquí, vete allá…”, y efectivamente, ahora soy el hombre de los recados. Antes iba a buscar a mi nieta al colegio, y ahora voy a llevarla y a buscarla, y a donde haya que ir. Ahora que puedo echar una mano estoy feliz”.

La familia

Mientras hace un repaso de su vida siempre habla con buen humor, pero cuando habla de la familia se advierte en su voz un tono más emocionado y alegre. Habla con especial cariño de su mujer: “Ella siempre, siempre, me ha ayudado en todo”, y se deshace en elogios hacia sus hijos, Víctor y Ángel. “Son mis hijos, pero también son mis mejores amigos y estoy muy orgulloso de ellos, porque donde quiera que voy me felicitan por lo que ellos hacen”. Víctor y Ángel Marrero, ambos profesores de autoescuela, forman un binomio por todos conocido en el mundo del automovilismo, donde han cosechado un gran palmarés. “Si ellos disfrutan en los coches, más disfruto yo”, asegura. Y por si la felicidad fuera poca, hace cuatro años llegó al mundo la primera nieta: Valeria. Dos años más tarde lo hizo Fabio. “Los adoro y ellos me adoran a mí”, dice con orgullo de abuelo.

Sobre el futuro más inmediato dice que le gustaría viajar, pero asegura que no tiene prisa. “Me gustaría ir a Asturias y a Cantabria, y la única isla que me falta por visitar es El Hierro, pero ya veremos. Ahora mismo lo único que pido es seguir con salud”.

Antes de terminar la conversación, Agustín advierte: “No te olvides de poner que estoy muy orgulloso de mi familia, de mi mujer, de mis hijos, de mis nietos… Los tengo a ellos, tengo salud, y aquí a mi lado tengo a una gatita abrazándose a mí,¿qué más puedo pedir? Soy el hombre más rico de Aríñez. No, de Ariñez no. Soy el hombre más rico de San Mateo”.