Benedicta Quintana: historia de vida de una mujer rural

Está sentada en el zaguán de su casa, en Utiaca. Parece algo nerviosa pero se muestra muy predispuesta a contar su historia de vida. “Venga, pregunta”, dice como quien tiene prisa. Empieza, poco a poco, a echar la vista atrás y rememorar sus años mozos. A sus 84 años Benedicta Quintana Quintana, nacida en Las Pitas en el seno de una familia de 9 hermanos, tiene una memoria envidiable. Describe, como si fuese ayer, sus días trabajando en la tierra en el Barranco de Balos y en los almacenes de tomates en El Carrizal. Allá se fue cuando tenía 11 años. Era la década de los 50 y cobraba 8 pesetas a la semana. Ni hablar de derechos laborales. Mucho menos para las mujeres. Cuando se le pregunta cuántas horas trabajaban en los tomateros se ríe y responde “¿horas? Todo el día y hasta de noche. Parábamos sólo para dormir”. Benedicta recuerda que el cansancio de las mujeres era tal que aprovechaban el momento en que iban al baño para apoyarse en la pared y descansar el cuerpo. “Hasta que un día la encargada cogió una escobilla del baño y la pasó por todos los azulejos para evitar que nos apoyáramos. No se podía ni respirar, yo entraba tapándome la nariz con el delantal”, recuerda Benedicta con voz resignada.  En cuanto a las noches, la mujer señala que dormían “En cuarterías o en una choza de barro. Cuando llovía mucho teníamos que dormir fuera. Recuerdo que una vez llovió tanto que nos tuvimos que ir a un pozo y estuvimos sentadas allí toda la noche, sin dormir, hasta ver qué pasaba”.

Ante la atenta mirada de sus hijos, Gonzalo y Águeda, Benedicta cuenta que las jornadas en los tomateros se hacían interminables, y que para entretenerse entonaban cantares que aún hoy recuerda. “Mi niña dile a tu madre, que si quiere ser mi suegra, y si te dice que no, dale veneno que muera”. Es sólo uno de los más de 140 cantares que su hija Águeda conserva escritos a máquina. Basta con leerle la primera línea de cualquiera de ellos para que Benedicta los recite al completo. Aquellos cantares les ayudaban a sonreír y hacer más llevaderas las duras jornadas laborales mientras apartaban y empaquetaban tomates. Benedicta y las mujeres de la zona volvían a San Mateo por carnavales y después ya no regresaban hasta que terminaba la zafra. Esa fue su vida durante 7 años, hasta que volvió a Las Pitas a vivir con su familia. Eran años en los que aún no existían comodidades, las casas se iluminaban con quinques (lámparas alimentadas con petróleo) y la ropa se lavaba, con mucho trabajo, en los lavaderos. Allí se encontraban las mujeres de la zona, que llevaban la ropa en sacos de plástico que posaban sobre sus cabezas ayudadas de baldes metálicos o cestos de mimbre.

Pronto Benedicta conoció al que sería el amor de su vida: Cándido, Candito para los amigos. En aquellos años los hombres se reunían, ataviados con guitarras y bandurrias, para cantar serenatas a las puertas de las casas de sus novias y mujeres. Benedicta recuerda que esperaba nerviosa sentada en la cama y cuando escuchaba la música se asomaba por la mirilla de la puerta para ver a Candito. Con él se casó y se fue a vivir a Utiaca, a la zona de Las Haciendas, a una casita rodeada de tierras. Allí Benedicta atendía los frutales y se encargaba de las cosechas, principalmente papas. Su marido, que trabajaba arreglando e instalando tuberías, también trabajaba en la tierra cuando volvía a casa. Con él tuvo a sus dos hijos. Recuerda que dio a luz allí mismo, en la casa, y que las dos veces lo hizo con la ayuda de Ciprianita, “la partera de Teror”.

El nacimiento de sus hijos trajo consigo ese esfuerzo extra de compaginar la crianza y el cuidado de los niños con el trabajo en la casa y, además, en la tierra. Benedicta contó con la ayuda de otras mujeres de la familia y alguna vecina. “Fuertes trabajitos pasamos”, dice mientras suspira y sus ojos centellean con nostalgia. Con los años los niños fueron creciendo y comenzaron a aparecer ciertas comodidades de la vida más moderna. La llegada de las lavadoras acabó con la necesidad de ir a lavar la ropa a los lavaderos, por lo que, para encontrarse, las mujeres se veían en los bailes que se celebraban en la Sociedad o cuando había fiestas.

El recorrido que hace Benedicta de su vida se torna algo triste cuando recuerda personas que ya no están. Su tono de voz cambia ligeramente cuando nombra a familiares, personas del barrio o a su propio marido, que partió hace ahora dos años. Pero ella, en otra demostración de resiliencia y de haber sabido superar los mil baches que se le han presentado en la vida, consigue reponerse enseguida y continúa hablando de sus recuerdos con tono firme. Se le iluminan los ojos cuando nombra a sus nietos y dirige con ternura su mirada hacia su nieto varón, Álvaro, que está sentado a su derecha en el zaguán de la casa prestando atención a las palabras de su abuela.

Cuando Benedicta habla gesticula mucho con las manos. Pone énfasis a su discurso y bromea con asiduidad. Resume su vida como dura aunque no olvida los buenos recuerdos. Sus manos, curtidas por el sol y el trabajo duro, son el reflejo de toda una vida de sacrificios, de una vida dedicada al trabajo y a su familia. Su relato es una fuente de inspiración y una lección de vida que invita a reflexionar sobre lo complicado que ha sido históricamente la vida de las mujeres rurales. Ella no lo sabe, pero su testimonio es un tributo a todas las mujeres rurales de su época, mujeres que desempeñaron, y aún hoy siguen desempeñando, papeles fundamentales en las familias del campo. El secreto: trabajo, determinación y esfuerzo.