La Mallow, la discoteca que encendió una época

Foto de archivo de la familia de Francisco Pulido Trejo.

La sala fue punto de encuentro de las Medianías y testigo de incontables historias

Hay negocios que se convierten en referentes de una época. Nombres que con el paso de los años atraen un sinfín de recuerdos de toda una generación. Es el caso de la Discoteca Mallow. Y es que hablar de la Mallow es trasladarse a la época dorada del ocio nocturno en las Medianías. La Mallow marcó una época y eso nadie lo puede negar.

Corría el año 1979 cuando el avispado empresario veguero Julio Marrero, conocido por todos como Julito, comenzó a equipar un local de su propiedad ubicado en la Avenida Tinamar. Hasta el momento había sido cedido en varias ocasiones a un grupo de estudiantes de Tafira para que celebraran varios bailes y recaudasen dinero. Pero Julito tenía la idea clara. A finales de año, concretamente en el mes de diciembre, adquirió unos equipos de música que costaron la nada despreciable cantidad de 300.000 pesetas de la época (con descuento especial, según reza la factura). Aquellos equipos, compuestos por varios amplificadores de sonido, mesa de mezclas, tocadiscos y altavoces, acabarían sirviendo para amenizar las noches de los fines de semana de miles de personas en la década de los 80. Para su funcionamiento y el de la iluminación y neveras del local se firmó con Unelco un contrato de nada menos que 41.400 w de potencia. Las paredes se pintaron de malva. De ahí surgió justamente la idea del nombre: Mallow (malva en inglés).

Julito comentó su idea y pronto alcanzó un acuerdo con dos emprendedores que se convertirían e arrendatarios y gerentes del local, que abrió sus puertas el 24 de octubre de 1980. A partir de entonces, los sábados se pinchaba música disco (hicieron las veces de discjockey Carlos, Víctor, Heriberto…) mientras que los domingos sonaba música de orquesta. Los Únicos Niños, Los Diamantes y su Bandurria o los Diamantes y su vocalista Puri fueron algunos de los grupos que amenizaron aquellas gloriosas noches de La Mallow.

Pronto la discoteca se convirtió en punto de encuentro obligado de cientos de personas que se desplazaban desde todas partes de Gran Canaria. Allí se encontraban pandillas de amigos, familiares, parejas… La Avenida Tinamar abarrotada de coches los sábados y domingos daba buena cuenta de ello. Venían de la capital, de Telde, Valsequillo… «Había un grupo de gente que venía todos los fines de semana desde La Aldea”, recuerda Julio, uno de los vegueros que formaron parte del “equipo Mallow” durante años. Con él compartieron barra compañeros como Rogelio, Santiago, Antonio, Paco o Iván… personas que durante años sirvieron copas a una multitud que con frecuencia hacía «sudar» los cristales de la sala debido a la masificación de personas, que dificultaba la ventilación del ambiente. El éxito fue tal que hasta la emisora de radio Los 40 Principales promocionaba la discoteca e incluso organizó sonadas fiestas en ella. «Yo me tuve que operar en Tenerife y allí los médicos me preguntaron dónde trabajaba. Dije que en la Mallow. La respuesta fue <<Ah, en la Mallow en San Mateo>>”, recuerda otro de sus trabajadores.

Fueron 15 años de música, bailes, confidencias, amores, y ¿por qué no decirlo?, trifulcas varias que obligaron a la gerencia a contratar seguridad privada. Grupo 4 o Seguridad 7 prestaron sus servicios en la sala. Eran los encargados de poner orden cuando la cosa se ponía fea. El primer «filtro» se pasaba en la puerta, donde Cuco, Pedro Morales, Luis o Pepe Juan tuvieron que hacer frente a no pocas disputas. «A la guerra había que ir con Cuco», rememora uno de ellos.

Sin embargo, fueron más los momentos para el recuerdo. Las noches en la Mallow estaban impregnadas de anécdotas que quedaron grabadas en la memoria de quienes vivieron aquella época dorada. Multitud de personas que con sólo escuchar hablar de aquella discoteca esbozan sonrisas y rememoran con prontitud y nostalgia sus propios recuerdos. Recuerdos de una época en la que el ocio era más tranquilo y pausado que ahora.

Todos coinciden en señalar que no fueron pocos los secretos, las risas, las anécdotas, o las incalculables relaciones de amistad y amorosas que se forjaron entre aquellas paredes malvas. Algunos siguen hoy felizmente casados. Eso cuenta alguien de la época que fue testigo de un sinfín de historias personales que aún hoy conserva en la memoria. Cita como ejemplo a un empresario de este pueblo y su mujer, que se conocieron allí, en la Mallow. “Él me dijo: preséntame a aquella morena que la quiero invitar a un San Francisco”. Hoy, más de 40 años después, son abuelos. Quizás, un día, le cuenten a sus nietos cómo y dónde comenzó su historia de amor.